Niños y adolescentes con TDAH ¿Les comprendemos?

En este artículo vamos a revisar qué implica tener trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH) para comprender mejor las dificultades que enfrentan los niños y las niñas que lo padecen, y cómo podemos ayudarles a superarlas. Empezaremos por repasar qué es el TDAH.

¿Qué es el TDAH?

El TDAH es un trastorno del neurodesarrollo, lo que significa que a nivel cerebral se han observado diferencias en el desarrollo del cerebro de los niños con TDAH, respecto a los niños que no tienen este trastorno, principalmente en los siguientes aspectos:

  1. Inmadurez de la corteza prefrontal, sede de nuestras funciones ejecutivas: concentración, resolución de problemas, toma de decisiones, consciencia…
  2. Circuito fronto-estriado- cerebral menos desarrollado (la diagonal que une todo el encéfalo es más inmadura).
  3. Menor volumen del cerebro, entre 3% y 5%.
  4. Déficit en los niveles de dopamina y noradrenalina. La conectividad cerebral va más lenta, por ello suele prescribirse metilfenidato que eleva estos neurotransmisores, favoreciendo el rendimiento.

El TDAH se inicia en la infancia y se caracteriza por un patrón concreto de comportamiento y de funcionamiento cognitivo, por lo que es muy importante acompañar adecuadamente a quienes lo padecen para ayudarles a superar las dificultades que se dan en el funcionamiento cognitivo y que pueden influir en las áreas académica/laboral y social.

¿Qué dificultades suelen encontrarse niños y adolescentes con TDAH?

  • Dificultad para concentrarse y ser perseverantes, salvo si la tarea les gusta. Esto ocurre porque la corteza prefrontal es la que nos ayuda a mantenernos en una tarea, especialmente en tareas que no nos gustan. Nos permite ser perseverantes. En su caso, no es que no quieran hacer ciertas tareas que saben que son importantes, o que se trate de personas vagas, es que les cuesta más realizar y mantener ese esfuerzo.
  • Dificultad para automotivarse cuando las tareas no les gustan o les resultan monótonas y aburridas.
  • Comportamiento más impulsivo. La zona prefrontal encargada de la atención y la regulación presenta un bajo funcionamiento, es decir, les falla el «director de orquesta», lo que se traduce en problemas de «autogobierno».
  • Dificultades en la regulación emocional. Se confunden entre el miedo y la rabia, tienen dificultades para etiquetar emociones… Les ocurre porque estos aspectos de la inteligencia emocional son aprendidos y, de nuevo, dependen de la corteza prefrontal. Otras veces, las emociones, les juegan malas pasadas. Por ejemplo ante un examen, si se estresan, enfadan o frustran, aunque haya estudiado y si lo sepan, al ponerse nerviosos, la liberación de cortisol y de adrenalina hacen que no pueda acceder a la información, que está disponible, pero no accesible. Lo que acaba resultando en un mal rendimiento.
  • Planificación y organización de tareas. Como su parte prefrontal tiene un peor funcionamiento, organizarse y adherirse a las planificaciones les resulta más complicado.
  • Mayor probabilidad de cometer más errores por las dificultades de concentración, perseverancia y regulación emocional.
  • Dificultades en las relaciones sociales. Debido a la falta de atención sostenida y respuestas impulsivas, pueden tener dificultades al relacionarse con los demás, ser torpes o inadecuados en sus comentarios y comportamiento. A menudo recibirían respuestas negativas del resto de personas, lo que les puede afectar al estado de ánimo y autoestima, y generarles ansiedad social.

¿Cómo podemos ayudarles?

Primero, tenemos que saber que, a pesar de las dificultades que acabamos de repasar, pueden tener una vida buena y plena, y que a menudo la clave está en el entorno que les rodea. Ayudarles a construir las herramientas y recursos para afrontar los retos académicos y sociales, desde la comprensión de lo que les ocurre y de las dificultades que se encuentran, puede marcar la diferencia. A continuación, vamos a ver algunas pautas con las que les podemos ayudar:

  • Comprensión. Mostrarles que entendemos sus dificultades y conectamos con sus necesidades. Transmitirles que nos interesamos por ellos y queremos ayudarles.
  • Legitimar sus emociones. Por ejemplo, transmitirles que entendemos que se sientan enfadados. Validar sus emociones, no implica legitimar un mal comportamiento.
  • Educación afectiva con límites y normas desde el afecto, no desde el reproche y el juicio. Cuidado con los deberías relacionados con sus dificultades: «ya deberías estudiar solo»
  • Refuerzos externos. Reforzarles, aunque sea verbalmente, especialmente en aquellas tareas que tengan que hacer y no les gusten o estén desmotivados.
  • Ayudar en la organización y planificación. Enseñarles a organizarse con pasos claros y sencillos. Facilitarles herramientas para afrontar las tareas personales y académicas.
  • Evitar criticar a la persona. Podemos criticar o señalar una conducta concreta, pero no criticar a la persona en su globalidad, por ejemplo cambiar «Eres un vago» por «¿Crees que en este examen el tiempo de estudio ha sido suficiente?». Este comentario le ayudaría a detectar lo que ha podido ir mal, y cuidaría su autoconcepto.
  • El amor y la afectividad no debe estar sujeto a condiciones. Vamos a trasladarles una mirada incondicional, independiente de sus resultados.

Es importante que tanto las personas con TDAH, como sus familias, comprendan los síntomas de este trastorno para no confundir las dificultades que presentan (que son los síntomas del TDAH), con características personales. No tienen por qué ser vagos, ni menos inteligentes, ni malos… pero si no sabemos identificar los síntomas y dificultades que cursan con el TDAH y hacerles ver que no hay nada malo en su persona, corremos el riesgo de dañar su autoestima y confianza, ya que nuestro autoconcepto también lo vamos formando en las relaciones que establecemos con las demás personas.

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